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Por Yailin Orta Rivera/ Granma

Es este un paisaje que da luz. Es el lugar sublime y entrañable en el que renació el sueño que luego fue el de millones.

Allí, donde crece esbelta la palma y flotan los colores de la que jamás ha sido mercenaria con la intensidad de las nostalgias y el mañana, se dibujó con profundos relieves el lienzo humano de una realidad marcada de esperanza por aquellos de bala y empeño: niños-hombres de barbas encrespadas y melenas dispersas sobre los hombros rebeldes, y muchachas con vuelo de mariposa y el poderío de la altivez y fortaleza del alma.

Dicen que entre las crestas de ese lomerío que es Sierra protectora de las aspiraciones crecientes, y Maestra de los aprendizajes siempre nuevos que suponen cada uno de nuestros pasos, surcan la hierba fresca y rediviva sus afluentes, los mismos que aliviaron la sed y energizaron el cuerpo en días de campaña frente a un ejército superior en armas, con la proverbial fuerza que irriga un proceso transformador de los humildes con todos y por los humildes para el bien de todos.

En las entrañas de esa geografía de gente buena, noble y dispuesta, aún laten las sonoridades contagiosas de la risa y el fértil arraigo de quienes disfrutaron la dicha de pensar un país y «ensayarlo», con su estructura emancipadora y dignificante, en los que a su vez eran Frentes de combate o república naciente.

Allí, sembradas con infinito cuidado, tienen sus raíces los horizontes de Cuba, delineados por el tiempo de los héroes, en una cotidianidad que tiene el misterioso pacto con la historia de hacerlos resurgir en los lugares más comunes e insospechados.

Es este el mismo tapiz en el que se bordaron los determinantes rasgos de casi 60 años de una Revolución que sigue pensando en futuro por los pobres de la tierra.

Así Cuba «Sierra» Maestra el calendario que recibe a otro enaltecido por el siglo y medio de una nación cincelada por la libertad y la justicia, y celebra junto a su pueblo la elevada lógica de su unidad.

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