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Por Arianna Suárez Torres

Nov, 2017.- Crecí escuchando cada día de tu grandeza, y con el tiempo, más allá de lo que oía, fui consciente de que como resultado de tu lucha por las causas justas recibí educación sin costo alguno hasta convertirme en una profesional; asistencia médica desde que estaba en el vientre de mi madre sin importar situación económica ni color de piel; clases de ballet en la Casa de la Cultura del municipio; y practiqué softbol y atletismo porque en Cuba el deporte es un derecho del pueblo.

Por todo eso y otras razones, a pesar de la tristeza, sentí también mucho orgullo -el 2 de diciembre de 2016- mientras transmitían el traslado de tus restos mortales desde Camagüey hasta Bayamo, como parte de la peregrinación desde La Habana hasta el cementerio Santa Ifigenia de Santiago de Cuba, y mi pequeño, con tan solo un año y nueve meses, abrazó la pantalla del televisor y se unió al coro: ¡Yo soy Fidel!

Hoy, a pesar de que ha transcurrido casi un año, mi niño te reconoce; puedes estar seguro de que crecerá  aprendiendo de tu dignidad, no solo por las cosas que le cuente o lo que le enseñen en la escuela, sino porque tu vigencia es inevitable en cada obra de la Revolución cubana, trasciendes más allá de las fronteras y siempre nos guiarás para que seamos cada día mejores.

¡Gracias por todo, Comandante en Jefe!

¡Gracias por todo, Fidel!

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