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Nov, 2016.- A menudo se suele escuchar cómo algunas personas mayores exponen su criterio de forma tan superficial: ¡La juventud está perdida! ¡Qué malos modales tiene! ¿A dónde iremos a parar?

Ante esto me pregunto: ¿Es que acaso todos actuamos igual o solo se debe criticar a quienes incurren en el hecho?

Ser joven es una de las fases en las cual se produce un mayor cambio en la conducta, se pone a prueba todo el potencial humano y se experimenta una rebeldía que solo con buen ejemplo se aplaca.

Si en vez de criticar se comprendiera que los tiempos cambian y generan desarrollo en cuanto a los hábitos y actitudes no serían tan absolutos quienes opinan acerca de lo que está bien o mal en los jóvenes.

Es cierto que en los convulsos tiempos que se viven persisten en la sociedad muchas indisciplinas causadas por las nuevas generaciones, pero lo que no deja de ser una mera realidad es la labor educativa que posee la familia como ente transformador de esos pinos nuevos que despuntan.

Muchas veces sin darse cuenta el núcleo familiar obvia los rasgos formativos que deben primar en la instrucción de sus hijos, los complacen en todo y esto a largo plazo provoca que se cree en ellos estereotipos que fomentan los antivalores.

Soy de los que considera que la juventud no está perdida, están perdidos todos aquellos individuos que lejos de cultivar y preparar el relevo del futuro lo ponen en tela de juicio.

Cada persona es única, posee características que la distingue en la sociedad, por ello seamos conscientes de que el primer paso para que ellas cambien es empezar por uno mismo.

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