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Por Dayana Cardona González/ Radio Cadena Agramonte

Cuando vi en la televisión la llegada del presidente Barack Obama a Cuba, me sentí esperanzada. Al igual que la mayoría del pueblo cubano, tengo fe en que este proceso hacia la normalización de las relaciones bilaterales confirme un camino de paz y prosperidad, beneficioso para ambos países.

Podría hablar de muchos ejemplos –de los tantos que existen- que corroboran cómo el bloqueo económico impuesto a Cuba durante más de medio siglo, afecta sectores tan importantes para cualquier nación como la educación y la salud. No obstante, prefiero contar mi historia.

Siendo apenas una niña, de solo cuatro años, me diagnosticaron atrofia de la médula espinal progresiva (tipo III), conocida como Síndrome de Werdning Hoffman, una enfermedad degenerativa hereditaria, que causa la progresiva debilidad de los sistemas físico-motor y respiratorio.

Desde entonces me mantengo acoplada de forma permanente a un equipo de respiración artificial. En una ocasión estuve más de 27 meses hospitalizada. Mis padres, de quien heredé tanta perseverancia y firmeza, escribieron una carta al Comandante en Jefe Fidel Castro solicitándole un equipo de respiración artificial para poder regresar a mi casa. En poco tiempo estaba de vuelta en el hogar.

El constante asedio de la política de Estados Unidos hacia Cuba ha afectado mucho mi calidad de vida. Los equipos que requiero para garantizar mi salud tienen un tiempo limitado, máxime si deben trabajar las 24 horas del día.

Cada vez que se rompe uno de estos aparatos hay que reponerlos inmediatamente, porque debido al genocida cerco económico que mantienen contra la Isla, es imposible que mi país pueda comprar piezas de repuesto, que provienen todas del mercado estadounidense.

Hoy tengo un equipo moderno fabricado en Alemania, portátil y con batería interna, lo cual, en cierta medida, facilita la entrada de piezas de repuestos.

Afortunadamente no necesito medicamentos, porque de ser así, el Gobierno cubano tendría que invertir mucho más dinero para garantizar mi salud. Sin embargo, a menudo sí es necesario renovar las cánulas y los ambus que uso, que también son costosos e igualmente su entrada al país se dificulta por el bloqueo.

El costo es mayor, aún más si deben adquirirse por terceros o cuartos países, lo cual también alarga mucho el tiempo de traslado y llegada a territorio nacional. Cuando eso ocurre debo regresar al hospital, y aunque allí el trato y la atención son excelentes, no hay nada como estar en casa.

A pesar de todo lo que hemos sufrido mi familia y yo, por causa del bloqueo, le doy gracias a la Revolución cubana, que siempre ha encontrado alguna solución para garantizar mi vida.

Tal vez como me enfermé muy pequeña, he aprendido a superar mis propias limitaciones. Nunca he sido negativa, es más, no entiendo cómo hay tantas personas en el mundo, sin discapacidad alguna, que continuamente renuncian a salir adelante por creer que no están capacitados para lograrlo.

Actualmente tengo 25 años y soy toda una profesional, pues gracias a esta Revolución, desde que salí del hospital, recibí las clases de los profesores de la carrera de Periodismo en mi casa, quienes se encargaron de darme la atención y herramientas necesarias para graduarme de la especialidad.

Lo cierto es que en ningún país del mundo se atienden a las personas con discapacidades como en Cuba, donde se les facilita el derecho a estudiar y a superarse sin pagar un centavo.

¿Qué podré decir entonces de mi Revolución y de cuánto le agradezco? A ella le debo mi vida y por ella seguiré luchando siempre. Confiaré siempre en el futuro de Cuba.

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