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Un puñado de cabras etíopes, temerarias y hambrientas; las pesquisas y observaciones de su pastor, y la paciencia y sabiduría de cierto abad en un tiempo hoy ya remoto, son, según varias disquisiciones históricas, causales del vínculo inicial de los humanos modernos con el café.

Hoy millones de personas en el planeta no conciben al menos empezar el día sin beber la infusión, preparada de distinta manera y al gusto de cada cultura.
El llamado néctar negro de los dioses, es bebida obligada en ratos de ocio; durante reuniones empresariales; cuando alguna visita inesperada llega hasta el hogar… incluso hasta en los ritos funerarios. Los practicantes de las religiones cubanas de origen africano, se lo brindan como ofrenda a sus muertos.

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Con crema (cortadito, como se le conoce en Cuba), agua (a la americana), con azúcar, instantáneo, acompañante del coñac (carajillo, según los españoles), y el universal capuchino, nacido en Italia, el café se inserta entre los hábitos más recurrentes de los humanos en cualquier latitud del planeta.

En la Isla, en tanto cultivo, fue introducido hacia 1748 (siglo XVIII). A contrapelo de lo que muchos piensan, las primeras tierras que conocieron de la planta están en La Habana, y no en el lomerío oriental, principalmente Guantánamo, plaza a la cual arribó 43 años después.

Tocó la iniciativa al catalán Don José Gelabert, quien fundó el primer cafetal de la Isla en la zona del Wajay, en las afueras de la capital cubana, con simientes traídas desde Santo Domingo.

Con el tiempo, tierras vírgenes de Artemisa y de la Sierra del Rosario, comenzaron a desarrollarse a partir del novedoso cultivo introducido en el país.

Sin embargo, el alud de haciendas cafetaleras en Cuba comenzó después de 1791, cuando colonos franceses en estampida por la revolución en Haití, tomaron sus bártulos y, portando sus técnicas avanzadas en el giro, asentaron su negocio en tierras del macizo montañoso que se erige en el oriente cubano. Merced a tal auge, la Isla se convirtió en el primer exportador mundial a inicios del siglo XIX, dadas sus tierras y excelente clima.

Pero los afanes de lucro de la metrópoli española establecieron elevados gravámenes para quienes importaran el producto y, de tal suerte, Estados Unidos y otros importantes compradores, cambiaron el rumbo de sus compras hacia Colombia y Brasil, donde obtenían el café a precios mucho más razonables.

Cuba perdió así su primacía entre las naciones exportadoras del grano, aunque conservó su acervo en lo tocante a las siembras, cultivos, beneficio y procesado del café, el cual a lo largo de más de dos siglos y medio se ha trasladado de una generación a otra.

Pero el café no solo posee el don de infusión estimulante. En tanto su basta socialización, se integra, sobre todo en el continente americano, a la cultura popular.

Ahí están las canciones Mamá Inés (Moisés Simons), Ojalá que llueva café (Juan Luis Guerra), The coffe song (Frank Sinatra), por citar las más relevantes melodías que insertan en sus textos al aromático grano.

OLYMPUS DIGITAL CAMERACuba posee numerosas ruinas arqueológicas de las haciendas cafetaleras y de los antiguos barracones de los esclavos dedicados al cultivo, algunas de ellas bien conservadas y enclavadas en zonas patrimoniales así declaradas por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

En el caso de las comunidad Las Terrazas, en el occidente de la Isla, cuna del notable cantante y compositor Polo Montañez, quien también le dedicara estrofas en sus canciones a la aromática infusión, existen cerca de seis decenas de esos asentamientos.

De ahí que el café sea parte inseparable de la personalidad y las costumbres de los cubanos, quienes siempre tienen a mano la coladita para disfrute propio o agasajar al recién llegado. (Marcos Alfonso/ Servicio Especial de la AIN)

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