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Cubanos: un sabor diferente e inconfundible.Los cubanos somos un “ajiaco” de culturas, una mezcla de raíces, de colores… el resultado… un sabor diferente e inconfundible.


De los cubanos, y lo confieso sin chovinismo alguno, al parecer habrá que editar alguna mini enciclopedia, la cual recoja todo lo escrito y narrado acerca de quienes habitamos en la Isla.

Así y todo, me encasillo en la definición aportada por el sabio y etnólogo Don Fernando Ortíz, quien calificó nuestra nacionalidad como ajiaco: indios, africanos, españoles, chinos, ingleses, estadounidenses o franceses… para no extender la relación a otras naciones las cuales aportaron su granito de arena a nuestro caldo genético, aún en plena cocción.

Desde la forma de vestir, bailar, crear, hablar… hasta de llevar la vida. Para nadie es secreto: el cubano en los momentos de mayor tensión, cualesquiera que sean, siempre tiene el chiste de ocasión o la sonrisa sedante, incluso ante la muerte.

Recordemos la Canción del Sainete Póstumo, de Villena, poema en el cual retrata su velatorio: “Brotará la hilarante virtud del disparate/ o la sencilla anécdota llena de perversión/ y las apetecidas tazas de chocolate/ serán sabrosas pausas en la conversación”.

Pero este espacio lo aprovecho para dar algunas notas del periodista mexicano Víctor Mona, quien acotó sobre los cubanos: “¡qué tiene esa raza mezclada que es el centro del mundo!”.

Chanza o no, en su artículo ejemplificó: Uno, es profesor universitario en Australia; otro, inauguró su restaurante en Alaska… Se dice que entre los cocineros de la reina Isabel II, de Inglaterra, aparece el cubano en tan selecta nómina, y como si no fuera poco, ahora a su majestad le encantan los plátanos chatinos…

Prosigue el articulista azteca: “El santiaguero Pablo Lafargue (Santiago de Cuba, 1842-Londres, 1911), fue discípulo de Carlos Marx, además de su yerno. Otro mulato cubano fue alcalde de París, se llamaba Severiano de Heredia, nacido en La Habana en 1836”.

Otra anécdota: cuando Simón Bolívar estaba por nacer, su madre, doña María Concepción, enfermó gravemente de tuberculosis. La familia del pequeño, desesperada, acudió a la señora Inés Mancebo de Miyares, cubana casada con Fernando de Miyares, luego gobernador general de Venezuela. La dama acababa de debutar como madre y no vaciló en compartir su leche con el recién nacido.

Así podrían llenarse cuartillas ejemplificadoras dentro y fuera de la ínsula. Y no me detendré en el refranero, pues sería interminable, tanto, que cada pueblo, caserío, municipio… tiene el suyo.

Para sustentar el concepto inicial de… ajiaco, basta montar en guagua, visitar cualquier parque y sus peñas, desandar los barrios, adentrarse en los rescoldos de las familias. Ahí están las raíces. Lo otro, los por qué, es solo de disponer de tiempo y hurgar. Para eso también estamos hechos los cubanos. No hay chisme que se nos escape.

Dígase Cuba, y se hablará de la exclusividad de quienes colmamos esta ínsula de poemas e historias; estirpe de generaciones universales de las cuales nacieron los hijos que, a lo largo de cinco centurias y algo más, han escrito leyendas, contadas o no, pero integradoras de esas seis letras que nos distinguen: ¡cubano! (Por Marcos Alfonso, AIN)

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