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Gigantería, arte y tradición en la Habana.Quizás por necesidad o por apoderarse de un espacio vital de expresión como las adoquinadas calles de la Habana Vieja, los zancudos llegaron hace 12 años para hacer suyas las historias y tradiciones de la añeja ciudad.

Más de dos mil funciones en espacios públicos del Centro Histórico dicen mucho del quehacer de Gigantería, una agrupación de teatro callejero interesado en el rescate de las tradiciones, que vistas desde la modernidad, como bien apunta su líder Roberto Salas, “aportan nuevos conocimientos para los que vivimos en esta urbe”.

El uso de zancos fue una antigua costumbre que estuvo viva en La Habana Vieja durante las fiestas del Día de Reyes.

Sin embargo, este elemento espectacular traído por los negros africanos a Cuba, ha estado presente en más de 200 tipos de espectáculos como galas, conciertos y eventos, protagonizados por esta agrupación teatral, precisa Salas.

“Con el tiempo hemos devenido en un equipo de animadores profesionales desde la estética del teatro callejero, para lo cual hemos incursionado en otras formas de hacer arte como las llamadas estatuas vivientes”.

Esta tradición que no es propiamente cubana, pero llegó a la isla a través de artistas que nos visitaron a principios de siglo, comienza a apostar por la calle como un espacio imprescindible para sus presentaciones, acota.

“Así como hay personas que piensan sus espectáculos para una sala, yo los pienso para la ciudad como un espacio social vivo. No me interesa construir teatros dentro de la ciudad, sino utilizar sus posibilidades infinitas y escenarios naturales como balcones, aceras, jardineras, ventanas y la gente misma”, asevera el director del grupo.

-¿Y por qué la Habana Vieja y no otro lugar de la capital?

-Porque aquí hay un espacio fértil para el desarrollo del teatro callejero, en tanto el artista se nutre de lo inesperado del arte popular, al tiempo que logra un contacto directo con los transeúntes, en un mecanismo único donde se convierten en nuevos actores por coincidencia o por azar, afirma Salas.

LA QUEMA DE LA TARASCA VOLVIÔ A LA HABANA

Justo a la entrada de la bahía habanera, una hora después del cañonazo de las nueve de la noche, La Tarasca fue quemada, y con ella todas las cosas malas que la gente quiso sacar de sus vidas.

Tras más de 200 años de ausencia, un dragón de varios metros de largo hizo su entrada en la parte más antigua de la ciudad, para permanecer en vigilia el pasado 12 de octubre -día del encuentro de las dos culturas- en la Plaza de San Francisco de Asís.

Esta vez, el mítico títere no formó parte de los antiguos carnavales litúrgicos del Corpus Christi que se realizaban en La Habana de los siglos XVI y XVII, sino de los festejos y el rescate de una tradición, en el contexto de las actividades de la cuarta edición del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara.

Un macro espectáculo, que incluyó la presencia más de 40 artistas, un pasacalle, toques de gaita y tambores, caracterizaron esta liturgia cristiana descontextualizada por una comunidad de actores callejeros interesados en dialogar con la ciudad de forma performativa e interactiva.

Traída por los españoles, esta leyenda empezó a ganar espacios y popularidad entre los habaneros, al extremo que con el tiempo resultó más importante el jolgorio que la parte misma de la fe religiosa, motivo por el cual el rey Carlos III decidió prohibirla y sacarla de la isla.

Sin embargo, La Tarasca, los gigantes, los diablitos y los cabezudos, entre otras figuras, se convirtieron en un sello distintivo de la tradición, que hoy intenta rescatar Gigantería, una compañía que hace suya una parte del patrimonio cultural de la nación cubana.

EL ARTE DE LOS ZANCUDOS

Vestidos con ropas de colores, montados sobre zancos de madera, tocando la trompeta, cantando y recitando poesías en una eterna fiesta, así se identifican estos gigantes que inspiran alegría y marchan al compás de la ciudad.

Su repertorio, integrado por casi una decena de obras, incluyen espectáculos de gran visualidad, pasacalles o paseos compuestos por música en vivo y comparsa de comediantes y bailarines sobre largos maderos, y otros basados en la animación teatral, a partir de juegos de participación para niños y adultos, rutinas, acrobacias y malabares.

Más allá de cualquier obstáculo, los integrantes de este proyecto conjugan perseverancia y voluntad, en tanto su trayectoria artística los convierte en significativo referente del teatro callejero en Cuba.

Con perfiles laborales muy diferentes y sin mediar palabra alguna, solo la pasión por el arte, la música, el teatro y la fiesta une a estos artistas, la mayoría de ellos de formación autodidacta.

Justo en la calle de madera de la Plaza de Armas, transeúntes y público en general tiene la posibilidad de presenciar una extensa galería de personajes fantásticos, animados por un grupo de amigos que junto a la Oficina del Historiador intenta preservar algunos de los valores culturales que definen la espiritualidad de quienes caminan, trabajan o habitan en la antigua Villa de San Cristóbal de La Habana.

Fundado en abril de 2000 a partir de la comunión de tres compañías teatrales: Somos la Tierra, Tropazancos y Cubensis, Gigantería presentó Ceiba y tiñosa, su primer espectáculo de gran magnitud, donde confluyeron diferentes códigos artísticos, pero con un peso muy fuerte en la oralidad, uno de sus rasgos distintivos en la actualidad.

Retos, muchos: contar con un local que les facilite los ensayos y el almacenaje de sus utensilios, llamar la atención del público, hacer uso de los más disímiles espacios y transformar los obstáculos en materia para la labor teatral.

Deseos, uno: soñar como gigantes en su empeño de dialogar con la historia, con el pasado de una ciudad y su gente. (Nubia Piqueras Grosso/ PL)

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