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El bloqueo yanqui contra los cubanos también afecta a terceros.No pocas veces los funcionarios norteamericanos ligados a la materialización del cerco económico y comercial a Cuba, que se extiende ya por más de medio siglo, gustan afirmar que se trata de una medida “circunscrita únicamente a las relaciones bilaterales” entre Washington y La Habana.

Es algo común, sobre todo cuando, como viene sucediendo desde hace veinte años en el seno de la Asamblea General de la ONU, el tema del bloqueo se convierte en un acápite especial y la Casa Blanca debe afrontar la condena del resto del mundo.

Pero lo cierto es que los intentos de asfixiar a Cuba mediante el hambre y las penurias no tienen nada de “asunto entre dos”…por el contrario.

En la misma medida en que se trata de evitar que la mayor isla de las Antillas amplíe sus relaciones comerciales e intente suplir sus faltantes en otros mercados ajenos al norteamericano, las acciones represivas Made in USA se extienden por fuerza a otros predios ajenos con el fin de sabotear los contactos y operaciones de estos con La Habana.

Ciertamente, las leyes Torricelli y Helms-Burton, de 1992 y 1996 respectivamente, resultaron más amplias y específicas en materia de frenar los lazos cubanos con abastecedores del exterior, pero esa práctica prepotente e interventora ya era parte consustancial del bloqueo, desde sus mismos inicios a comienzos de la década del sesenta de la pasada centuria.

No hay que olvidar, por ejemplo, que entre las primeras medidas del incipiente cerco estaban las sanciones a armadores que permitieran a sus buques trasladar mercancías hacia o desde Cuba, naves privadas entonces de tocar puertos de los Estados Unidos por largo período de tiempo.

O la persecución a las cuentas cubanas en bancos extranjeros, el corte de las relaciones de la Isla con entidades crediticias internacionales, y la prohibición de remitir hacia la Isla todo artículo con componentes  norteamericanos en su fabricación, entre otras decisiones que intentaban obstaculizar los intercambios con terceros países.

Luego, con la aparición de la Torricelli y la Helms-Burton el intrusionismo escaló nuevos peldaños, al instituirse el final de todo comercio entre La Habana y filiales de empresas norteamericanas radicadas en otras naciones; y hasta programarse sanciones a los directivos de compañías extranjeras ligadas a Cuba, así como a sus familiares. Entre estas medidas coercitivas se contaban, por ejemplo, prohibir a esos ejecutivos y sus familiares, la entrada a territorio estadounidense.

En fin, que el bloqueo nunca ha sido ni será, evidentemente, un problema ajeno a terceros, tal como algunos voceros oficiales norteamericanos gustan proyectarlo al universo mediático.

Y es que en nuestros días, y mucho más en un mundo esencialmente globalizado, resulta ilusorio creer que, en efecto, asfixiar a un pueblo se logra a partir de radicales pasos agresivos totalmente unilaterales.

El planeta no es ya un conglomerado de aldeas sin relación alguna entre ellas, donde poner cerco a una fortaleza resultaba un hecho que ni siquiera se conocía a unos cientos de kilómetros de distancia. Y ciertamente Washington, en su pugna por rendir totalmente a Cuba, aplica un obsesivo y prepotente asedio con implicaciones mucho más amplias que aquellas aventuras bélicas de la antigüedad. (Por Néstor Núñez, AIN)

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