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Explosión de La Coubre sembró la decisión de no volver atrás.Por Rolando Silven Laffita/ AIN

La mirada del Che grita en silencio y la imagen de su rostro grave es captada por el lente de Korda. Observa a su pueblo, siempre grande, enterrar con dignidad a sus muertos. Nada escapó al hambre del fuego. El vapor la Coubre estalló en pedazos. Desde entonces es historia sufrida.

Mientras el buque francés entraba a los muelles de La Habana, los cubanos cantaban a su arribo celebrando el orgullo patrio, esperando la hora de repartirse las armas que serían para defender una Revolución hecha de patriotismo.

Pero la Coubre “traía la muerte en el costado”, como diría el poeta. En alguno de los puertos que tocó desde su partida en Le Havre, la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos le puso tiempo de vida.

A las tres y diez minutos de la tarde del cuatro de marzo de 1960, el sabotaje a la nave provocaría dos explosiones que estremecieron la capital, con el saldo de un centenar de muertos y más de 200 heridos.

Luego de la primera explosión, el Che dejaría a medias una reunión en el Instituto Nacional de Reforma Agraria para correr al lugar y prestar atención médica a las víctimas; mientras una nube negra se esparcía sobre la ciudad como vistiendo de luto al país.

Durante el segundo estallido, aún más poderoso, cientos de personas ya estaban involucradas en las operaciones de rescate. Voluntariamente fueron a socorrer a los heridos sin reparar en las posibles consecuencias, y en ese gesto de solidaridad y humanismo también se entregaron a la muerte.

Imágenes inolvidables quedarían en la memoria de Cuba tan permanentes como la imagen del Che atrapada por Korda en aquel instante de dolor e impotencia durante el sepelio.

La Revolución se vio llorar en el rostro afligido de sus líderes.

Para el pueblo de la Isla quedó claro que el accidente no era tal sino atentado, y que el precio de la libertad se pagaría caro porque el imperialismo asumió como una falta de respeto inaceptable que una revolución genuina se hubiera levantado ante sus narices.

Cuba dejó de reír mucho a partir del cuatro de marzo, lógico para un país donde su gente tuvo que recoger con sus propias manos los restos de seres queridos y explicar a cien familias por qué ya no se podía volver atrás.

Vivir en Patria o Muerte ante los destinos de la nación quedaba firmado con sangre y honor en el sepelio de las víctimas de La Coubre, cuando el Comandante en Jefe Fidel Castro dirigió la frase al mundo al despedir el duelo.

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